III - Vuelos
intermedios.
Dice Homi K. Bhabba en
su introducción a El lugar de la
cultura, que «el espacio y el tiempo se cruzan para producir figuras
complejas (…) Pues en el más allá reina un sentimiento de desorientación, una
perturbación de la dirección», y así, «estos espacios entre-medio (subrayado en el original) proveen el terreno para elaborar estrategias de
identidad.»
En su fascinante Vuelo sin orillas, la voz de Girondo se extiende en una búsqueda ilimitada, camino y
migración permanente, exilio instintivo y premeditado. Vuelo sobre el mundo
material de lo conocido, los placeres, lo fenecido,
sobre la desolación de las amargas
paredes. Pero vuelo al fin en el que no hay, sin embargo, más que otra
abrumadora - y bellísima - desolación. Paradoja inevitable donde la opresión de
lo espeso se invierte en «la opresión de
lo fluido» y «el reposo asfixiante»,
y el lugar de los límites pasa a ser ocupado por un no-lugar sideral. Espacio
intermedio y desesperado, imposible
de abandonar, en el que la no existencia de orillas irrumpe camino permanente,
como fuga a toda territorialidad.
El
Albatros de Baudelaire también habita, se desplaza, en un entre. Representación de la figura
baudeleriana del poeta, mezcla entre
pájaro y humano,
su casa es el viento pero viaja junto al barco
que surca los abismos amargos. Ave solemne, príncipe de las nubes, pero objeto de burla de los marineros,
portador de majestuosas alas que son torpes y molestas entre la multitud.
Figuras complejas e intermedias, que cuestionan la idea de
límite, y re-significan el espacio a habitar, pues en su andar permanente, más
allá de los límites, es donde parece habitar el hallazgo, siempre diferido, de
lo diferente.
Territorios que, en
Trakl, parecen ser señalados por el enigmático movimiento de las aves.
(continúa en la próxima entrega)

